Nuestra misión en este mundo, como Iglesia Católica Apostólica Libre Iberoamericana, es una sola: seguir llevando el mensaje de Jesucristo, sin apartarnos de la fe que recibimos, con la libertad y el amor que Él nos enseñó. Aunque caminamos como una iglesia independiente, con nuestra propia jurisdicción y nuestras normas internas que nos rigen como ICALI, esto no nos aleja de lo esencial: somos católicos, y por eso nuestro servicio es el mismo que Cristo confió a sus discípulos. Y a nosotros, que llaman obispos, nos queda claro: ser líderes entre nosotros no es llevar una dignidad, es ser pastores. Más que títulos, nos pesa el amor por servir ; más que autoridad, nos mueve la entrega. No somos señores sobre el rebaño de Dios, sino los primeros en servir: los que van delante, los que buscan a la oveja perdida, los que se quedan junto a la que sufre, los que dan la vida por los suyos, como hizo el Buen Pastor. Por eso cada misión que emprendemos, cada comunidad que atendemos, cada Mision que levantamos en los rincones más apartados, en los pueblos, en las ciudades, en los valles y en las montañas donde nos necesiten, lo hacemos bajo la luz de la Santísima Trinidad, con el corazón abierto a toda nuestra tierra iberoamericana. Llevamos consuelo, esperanza y la verdad que no impone, sino que libera. No buscamos otro nombre ni otro camino que no sea el de Cristo: caminamos con nuestras propias reglas para ser fieles a nuestra identidad, pero siempre unidos en el amor que es el centro de todo lo que somos. En cada paso, recordamos que no somos dueños de la verdad, sino sus servidores; y que nuestra independencia existe para servir mejor al prójimo, sin obstáculos, sin ataduras que no sean las del amor fraterno. Esa es nuestra tarea: ser manos, voz y corazón de Cristo aquí, en el mundo terreno, hasta que Él venga.